Mi problema con Dios y el de ellos. Premio Pulitzer Natalie Angier.

                Libro de                       Divulgación Científica.

Nota del editor de Metrópolis Escéptica: Este artículo es propiedad de Natalie Angier traducido con fines divulgativos, publicado en la revista escéptica Free Inquiry y después en The American Scholar en 2004. En el cual hace una crítica a gran parte de la comunidad científica y académica por su actitud sumisa ante la religión. (Dar clik en las imágenes para verlas mejor.)  

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Durante el acto de reseñar un libro sobre el canon científico y molestar a cientos de investigadores de las universidades más importantes de la nación para saber qué consideran ellos que son las “vitaminas y minerales esenciales” para un conocimiento pleno de sus disciplinas particulares, un mensaje recurrente me ha dejado impactada y en una especie de coma. Sin importar si son biólogos, geólogos, físicos, químicos, astrónomos o ingenieros, casi todas mis fuentes colocaron la genial idea de Darwin al tope de sus listas de qué quisieran que la gente entendiera sobre la ciencia. ¿Podría usted decirle al público, imploraban, que la evolución es real? ¿Podría, por favor, explicarles que la evidencia que sostiene esta idea es abrumadora y que apreciar la evolución sirve como fundamento para nuestro entendimiento de la vida en este planeta?

 En otras palabras, los científicos querían que aportara mi granito de arena para ayudar a corregir esa pequeña y terrible estadística de la que se escuchan por ahí, esa que indica que muchos estadounidenses creen más en ángeles, demonios y poltergeists que en la evolución. De acuerdo a sondeos recientes, cerca del 82 por ciento está convencido que el paraíso es real (y el 63 por ciento piensa que hacia allá se dirigirán cuando mueran); el 51 por ciento cree en fantasmas, pero solo el 28 por ciento se muestra convencido que la teoría de la evolución es cierta.

Los científicos creen que esto es terrible (la extraña falta de apreciación del público hacia uno de los descubrimientos más grandes y sólidos de la ciencia: cómo llegamos a la existencia tanto nosotros como todo lo que podemos ver) y tienen razón. Sin embargo, no puedo sino sentir ira en cuanto a los límites que muchos de ellos le ponen a sus quejas. Verá usted: quieren ampliar esta cifra particular (la de las personas que creen en la evolución) sin tan siquiera confrontar algunas otras estadísticas que los encuestadores han revelado sobre la cosmogonía religiosa de Estados Unidos. A pocos científicos, por ejemplo, les preocupa el hecho que el 77 por ciento de los estadounidenses insiste en que Jesús nació de una virgen, un acto de partenogénesis que desafía todo lo que conocemos sobre la genética y la reproducción de los mamíferos. Los investigadores tampoco se meten con el 80 por ciento que cree en la resurrección de Jesús, y al demonio con las leyes de la termodinámica.

 No, a muchos científicos no les importa abordar ninguna de las poderosas piedras angulares de la Cristiandad. Se quejan del pensamiento irracional, desprecian la “ciencia” creacionista y ponen los ojos en blanco ante la obsesión estadounidense con la astrología, la telequinesia, el doblar cucharas, la reencarnación y los ovnis, pero son respetuosos, tolerantes y complacientes hacia el conglomerado de actos mágicos que han sido vistos lo suficientemente buenos como para incluirse en la Biblia. De hecho, muchos rápidamente señalan que la Iglesia Católica ha apoyado la teoría de la evolución y que esta no ve conflicto alguno entre la creencia en un Dios y la divinidad de Jesús y la noción de evolución por selección natural. Si el Papa se lo cree, la razón tras mucha de la resistencia estadounidense hacia la evolución debe tener más que ver con una campaña publicitaria repugnante que con la religión.

 Por tanto, en relación al asunto de las principales religiones monoteístas y la irracionalidad detrás de muchos de los principios dogmáticos fundamentales de la religión, los científicos a menudo cuelgan sus tridentes, sus críticas y su impaciente exigencia de evidencia y, en su lugar, visten el cárdigan tranquilizante de un animador de programas para niños de la televisión pública. Le aseguran al público que la religión y la ciencia no están en controversia, sino que representan “magisterios” separados, en las palabras del anteriormente vivo y anteriormente mucho más peleador Stephen Jay Gould. Nadie le va a pedir a la gente que renuncie a su fe, a su creencia en un alma eterna acompañada de una memoria inmortal de cada juego de fútbol que ganaron sus hijos, cada momento que pasaron jugando con el perro a recuperar la vara. Nadie se va a burlar de sus creencias religiosas. Bueno, podríamos hacerlo si usted basa sus decisiones de vida en los consejos de una tabla Ouija, pero si quiere creer que algún día se sentará en un banquete celestial con su padre muerto hace varios años a su derecha y Jane Austen a su izquierda, y que ella querrá hablarle a usted durante los próximos cien millones de años o más, ese es su propio relicario y no estamos aquí para romper el candado.

 Considere los tratamientos muy distintos que recibieron dos preguntas que se hicieron en la página web de la Universidad de Cornell “Ask an Astronomer” (Pregúntele a un astrónomo). A la pregunta “Basándonos en la evidencia disponible, ¿cree en Dios la mayoría de los astrónomos?”, el astrónomo Dave Rothstein contesta que, en su opinión, “la ciencia moderna deja bastante espacio para la existencia de Dios… lugares en los que los creyentes pueden encajar sus creencias en el marco científico sin crear contradicción alguna”. Cita al Big Bang como refugio para aquellos que quieren creer en un equivalente al Génesis y a los reinos probabilísticos de las mecánicas cuánticas como elemento que eleva la posibilidad de que “Dios intervenga cada vez que se mide algo” antes de concluir, finalmente, que la ciencia jamás podrá probar ni refutar la existencia de una deidad y que la creencia religiosa no tiene -y no debe tener “nada que ver con el razonamiento científico”.

Mucho menos aterciopelada es la contestación al lector que pregunta si los astrónomos creen en la astrología. “No, los astrónomos no creen en la astrología”, gruñe Dave Kornreich. “Se la considera una ridícula estafa. No existe evidencia que funcione, pero sí mucha prueba de lo contrario”. El Dr. Kornreich concluye su rechazo con la afirmación que en la ciencia “no se necesita una razón para creer en algo”. El escepticismo es “la posición estándar” y “se requiere evidencia para convencerse de la existencia de algo”.

 En otras palabras, para los fanáticos del horóscopo, el peso de la prueba recae enteramente sobre ellos, los pobres cretinos crédulos, mientras que para las multitudes que creen que una inteligencia divina, de una forma u otra, marca el camino en el salto de cada leptón, no existe requisito de evidencia o escepticismo alguno que pueda prevalecer o razón para preocuparse. Usted, el creyente religioso, podría encontrar un sutil apoyo a su fe en los descubrimientos recientes –es decir, si está dispuesto a actualizar sus metáforas y definiciones como requiere la información más actual, a buscar nuevos nichos de ignorancia o ambigüedad para llenar con plumones de fe y aceptar que, a pesar de lo que digan ciertos pasajes del Viejo Testamento, el mundo es sumamente antiguo, no todo en la naturaleza se hizo en una semana y (¿puede subirle el volumen al micrófono, por favor?) la Evolución Es un Hecho.

Y si usted no encuentra suficientes fundamentos científicos para la deidad de su predilección o su más querida representación del más allá en algún resquicio dentro del extenso emporio científico, pues, eso también está bien. No hay necesidad de perder su fe cuando desde el principio estuvo buscando en el lugar equivocado. La ciencia no le puede decir a usted si dios existe o adónde vamos cuando morimos. La ciencia definitivamente no puede descartar la opción del paraíso, con sus globos de helio y sus cabellos dignos de la publicidad de Breck para todos. La ciencia no busca de forma alguna estar asociada con pensamientos que inspiren miedo, como la posibilidad de que la concienciación milenaria que usted tiene en ese órgano enrevesado, gelatinoso y efímero dentro de su cráneo quizás sea lo único que exista de usted. La ciencia no es arrogante, sino que se encarga del universo observable y las hipótesis comprobables. La religión es la que arma los festines de pánico de medianoche. Pero, usted ha escuchado hablar de la evolución, ¿verdad?

           Según la religión del judaísmo.

 Entonces, ¿por qué la mayoría de los científicos evita criticar la religión aun cuando desacreditan la mentalidad supersticiosa? De entrada, algunos investigadores son tradicionalmente devotos, llevan una gastronomía kosher y comulgan todos los domingos. Admito que me sorprendo cada vez que me encuentro con un científico religioso. ¿Cómo puede una persona con doctorado, que en una tarde podría hacer puré la presentación de PowerPoint de algún colega sobre el genoma del nematodo, convertirla en sopa de pescado y luego regresar a casa, leer una crónica de hace dos mil años repleta de contradicciones internas, de un descubrimiento meta-Nobel como la “Resurrección de entre los Muertos”, y decir: “Caramba, eso suena convincente”? ¿Acaso no se pregunta el buen doctor cómo se veía el grupo control de tal experimento?

No obstante, los científicos constituyen una población mucho menos religiosa que los habitantes de Estados Unidos y, mientras más arriba se busca en el magisterio cerebral, mayor será la proporción de ateos, agnósticos y de varios otros paganos. De acuerdo a una encuesta de 1998 en Nature, solo el 7 por ciento de los miembros de la prestigiosa National Academy of Sciences (Academia Nacional de Ciencias) profesaba creer en algún “Dios personal”. (Lo interesante es que un número apenas más elevado, el 7.9 por ciento, afirmó creer en la “inmortalidad personal”, lo cual puede decir tanto sobre la robustez del ego científico como de cualquier otra cosa). En otras palabras, es poco probable que más del 90 por ciento de nuestra elite científica rece pidiendo favores divinos, sin importar cuánto quieran ganarle a un competidor en publicar un artículo. Sin embargo, solo unos cuantos infieles han visibilizado su falta de creencias o han criticado la religión públicamente, las excepciones son Richard Dawkins de la Universidad de Oxford y Daniel Dennett de la Universidad Tufts. Ni Dawkins, ni Dennett se han ganado la buena voluntad de sus colegas por sus visiones anticlericales. Un astrónomo con quien hablé dijo de Dawkins que “Es un auténtico gran cura párroco de la escuela del fuego y el azufre, ¿verdad?”.

 Rael. Líder de la secta religiosa Movimiento Raeliano que fomenta la creencia en las visitas de ovnis.

 Entonces, ¿qué es lo que mantiene a los científicos callados en temas de religión? Probablemente se trate de algo cercano al viejo y confiable reflejo límbico que llamamos “instinto de auto preservación”. Durante siglos, la ciencia ha sobrevivido bastante bien cultivando una imagen de reserva y objetividad, de estar por encima de la religión, la política, los negocios y los buenos modales en la mesa. Los científicos quieren que se les deje hacer su trabajo en paz, buscan deslumbrar a sus colegas y contratar a estudiantes graduados para que laven la cristalería. Cuando se trata de combates paredes afuera, los científicos escogen sus cruzadas con cautela. Perseguir a Uri Geller o a los Raelianos es entretenimiento sin riesgos, más fácil que burlarse del departamento de sociología, por ejemplo. Luchar en el campo creacionista, no obstante, ha sido una lucha más feroz y desagradable, pero aquellos científicos que la han emprendido sienten tener un compromiso directo en el debate y que están destinados a librar esa batalla, dado que los creacionistas, y en años más recientes, los promotores de la teoría del “diseño inteligente”, dicen ser tan científicos en su metodología como los científicos. 

 Pero cuando expulsaron a un adolescente llamado Darrell Lambert de los Niños Exploradores por ser ateo, los científicos de repente recordaron todos esos geles que tenían que atender y toda esa materia oscura que debían perseguir, y mantuvieron silencio. Lambert ha explicado la razón por la cual se hizo ateo, a pesar de una niñez entregada a las clases bíblicas y los grupos juveniles de la iglesia. Tomó una clase de biología en noveno grado y, en vez de ponerse a estudiar la silueta del sostén de la niña que se sentaba frente a él, aprendió, de hecho algo de biología. Y lo que allí aprendió lo persuadió que la Biblia está llena de… cuentos cortos. Algunos son buenos, otros inspiradores, algunos un poco picantes, pero a fin de cuentas son ficción. Su mirada incisiva, razonada y científica de la vida y su negativa a quedarse sólo con la información y simplemente mentirles a los Niños Exploradores sobre lo que pensaba de Dios -como algunos le recomendaron- le debieron haberle ganado a Darell Lambert una ovación de pie por parte de toda la comunidad científica. En su lugar, se tuvo que conformar con una entrevista con Connie Chung, inmediatamente después de un informe sobre la familia Gambino. 

Los científicos tienen grandes motivos para pensar que deben evitar verse como irreligiosos o como una forma de vida priónica con la misión de destruir la vaca más sagrada de Estados Unidos. Después de todo, los investigadores académicos pastan en las praderas de los contribuyentes. Si le prestaran la más mínima atención a las noticias, seguro se darían cuenta de la acrecentada disposición de los políticos conservadores y de un conjunto de organizaciones altamente motivadas por la religión para interferir con la empresa científica de la nación -alterando, por ejemplo, la información del consumidor que aparece en la página web del Instituto Nacional del Cáncer para que pareciera que el aborto es una causa del cáncer del seno, lo cual no es cierto, o llenar paneles de consultoría científica con “curanderos espirituales” anti-aborto.

 Recientemente, un pequeño y oscuro club llamado Coalición por los Valores Tradicionales comenzó a revisar las descripciones de proyectos respaldados por los Institutos Nacionales de la Salud para llevarles la queja a congresistas empáticos con los proyectos que denominaron como moralmente “podridos”, muchos de los cuales se encargan de estudiar el comportamiento sexual y la prevención del sida. Los congresistas, por otro lado, celebraron una serie de audiencias, emplazando a oficiales de los institutos para saber a quién, en el santísimo nombre de Cotton Mather, le importan las perversiones de los homosexuales nativos originarios estadounidenses, a lo que los investigadores contestaron, eh, que los estudios habían sido aprobados por un panel de científicos expertos y que, eh, la comunidad de nativos originarios estadounidense no recibía los servicios necesarios y está teniendo un problema serio de sida en estos días. Hasta ahora, los proyectos han logrado zafarse de ser anulados, pero el puro despliegue de colmillos píos de seguro debe aterrar aún al profesor más elegantemente librepensador y con la más cómoda cátedra vitalicia. Una cosa es burlarse con descripciones del darwinismo en un libro de texto de escuela secundaria. ¡Otra muy distinta es amenazar con quitar una subvención revisada por pares! Ese Dan Dennett es como un soplón pretencioso, ¿verdad?

Howard Dean fue candidato a presidente de E.U.A en 2004 por el Partido Demócrata.

 Sin embargo, el resultado de avergonzarse y rendirse no es más que una ronda nueva de golpes. Ahora, no es suficiente que los aspirantes a la presidencia hagan una referencia al paso a su “fe”. Ahora un periodista de Newsweek lo ve como su derecho, sino como su obligación, el preguntarle a Howard Dean: “¿Usted ve en Jesucristo como el hijo de dios y cree en él como el camino hacia la salvación y la vida eterna?”. En mi cuento de hadas personal, Dean, quien como médico, encaja en algún lugar del filo científico, pudo haber exclamado: “Bueno, ¡con sus posturas sobre los camellos y la gente rica, de seguro el jamás votaría por los republicanos!” o quizá: “No, pero he escuchado que tiene un complejo de Mel Gibson”. Dean pudo haber hablado de sus pacientes que sufrieron derrames cerebrales y perdieron el tejido que los hacía ser ellos mismos y cómo ha visto la crucial importancia que tiene el cerebro en la individualidad del ser. Pudo haber expresado dudas de que el yo sobreviva al cerebro, pero, oh, sí, la vida continúa, la vida es más grande, más fuerte y mejor dotada que cualquier Bush en un overol, y somos parte del salvaje e impetuoso río de la vida, nuestras moléculas fueron las moléculas de los dinosaurios, y antes de ellos, de las estrellas, y esto no constituye mera mitología de Bulfinch, sino la realidad corroborada.

Podré ser atea y tal vez me sorprenda que hayamos aprendido tanto sobre el universo a pesar del rigor paso a paso de la ciencia, con su ceja de duda arqueada a lo Spock. Pero reconozco que, desde allá hasta aquí y desde aquí hasta allá, hay cosas curiosas por todos lados. ¿Por qué hay tanta materia oscura y energía oscura en el gran Espacio Exterior? Y, ¿por qué los cosmólogos no han podido darles nombres distintos y suficientes para que pudiera distinguirlas? ¿Por qué hay algo en vez de nada y por qué hay tanto de esto sobre mi escritorio? Sin mencionar los misterios perdurables del correo electrónico, como por ejemplo, ¿por qué cada día recibo más correo basura, nueve décimas del cual son invitaciones a alargar un apéndice que no tengo?

 Reconozco que la ciencia ni tiene, ni pretende tener todas las respuestas y esa es una de las cosas que más amo de ella. Pero cuenta con una buena noción de lo que es probable y posible, y ni los nacimientos virginales ni los carpinteros resucitados tienen cabida en esa lista. ¿Existe una inteligencia divina, separada del universo, pero de alguna forma a cargo de este, ya sea en su origen o en el jugueteo de sus parámetros? No hay evidencia de ello. ¿Es el universo el mismísimo Dios? ¿Es el universo consciente de sí mismo? Aquí estamos. Somos conscientes. ¿Eso nos convierte en Dios? ¿Tendré que matricular a mi hija ahora en un colegio para Amigos de los Cuáqueros?

No creo en la vida después de la muerte, pero quisiera creer en la vida antes de la muerte. Quisiera pensar que uno de estos días dejaremos atrás la superstición, el pensamiento delirante y a Jerry Falwell. A los científicos también les gustaría eso. Pero por ahora, tal parece que sus subvenciones les gustan mucho más.

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 Autora del Artículo: Natalie Angier. Es una periodista científica atea de fama internacional. Nacida en Nueva York en 1958 con estudios en la Universidad de Michigan y en el Colegio Barnard graduada en física, inglés y astronomía con un magna cum laude en 1978. De 1980 a 1984 trabajó escribiendo para la revista de divulgación científica Discover Magazine. Escribió para la Time Magazine, fue profesora adjunta en la New York University. Desde 1990 trabaja como escritora científica para el New York Times abarcando muchos temas desde la genética, biología evolutiva, medicina, etc. Hasta el momento es autora de 4 libros de divulgación científica. Y ha enviado artículos divulgativos a revistas como:  Atlantic Monthly, The American Scholar, Wired, Parade, Washington Monthly, Reader’s Digest, Natural History, Geo, Preservation, Metropolis, Cosmopolitan, Glamour, Mademoiselle, Self, Orion, Family Circle, Ms., American Health, Slate, North Dakota Quarterly, Free Inquiry, Underwire, Oxygen y otras revistas impresas y de acceso on line.

Es miembro de la  American Philosophical Society, y de la Society for Technical Communication.

Algunos premios y galardones.

1) Galardonada con el Premio Pulitzer en 1991 en la categoría de divulgación científica.

2) Con el Lewis Tomas Prize por parte de la Universidad de Rockefeller.

3) La AAAS (American Association for the Advancement of Science) la galardonó con el Award for Excelence en periodismo científico.

4) La AAAS  galardonó su libro Natural Obsessions con el Notable Book of the Year de 1988.

5) New York Times también galardonó Natural Obsessions con el Notable Book of the Year.

6) En 2007 el Committee for Skeptical Inquiry la galardonó con el Robert P. Balles Prize for Critical Thinking por su libro The Canon: A Whirligig Tour of the Beautiful Basics of Science.

7) La organización atea estadounidense Freedom from Religion Foundation’s con su “Emperor Has No Clothes” award. 

8) La empresa General Motors la galardonó con el International award por sus escritos sobre el cáncer etc.

 Krisangel23. Soy el editor de Metrópolis Escéptica  y subtitulador del grupo Traducciones Herejes. Traducimos y subtitulamos material del inglés al español sobre muy diversos temas como ateísmo, escepticismo, divulgación científica, diversidad afectiva sexual, humanismo secular etc.

Artículo traducido por.- Eïrïc R. Durändal StormCrow.

Corrección a traducción por.- Volar sin alas. 

Notas extra por el editor: * Jerry Falwell fue un pastor fundamentalista, tele-predicador, fanático religioso multimillonario muy influyente en Estados Unidos que falleció en 2007. Entre todas las idioteces que dijo posiblemente la peor fue decir que el atentado del 11 de Septiembre en 2001 contra las torres gemelas fue un castigo de Dios por culpa de los paganos (los que tienen creencias religiosas no cristianas) homosexuales, feministas, defensores al derecho del aborto, la ACLU (American Civil Liberties Union) y todos los que tratan de hacer de Estados Unidos un país secular. Luego de la fuerte presión mediática en su contra se disculpó por lo dicho y dijo que los únicos culpables eran los terroristas.

* Familia Gambino. Fue una de las 5 principales familias italoamericanas mafiosas que controlaban el crimen organizado en la ciudad de New York en el siglo XX, miembros de la COSA NOSTRA.

* Uri Geller. Es un ilusionista israelí nacido en 1946 que en el siglo XX se hizo famoso gracias a programas de Tv donde afirmaba tener poderes sobrenaturales haciendo trucos ante una audiencia y sociedad muy crédula fue desmentido y evidenciado como un charlatán por el famoso ateo y escéptico James Randi.

* Jane Austen. Fue una famosa escritora y novelista inglesa del siglo IXX considerada clásica de la literatura inglesa, el gobierno británico actualmente la promueve mucho. 

* Mitología de Bulfinch. Es una serie de 3 libros escrita por Thomas Bulfinch donde dio a conocer a las Ipersonas de habla inglesa del siglo IXX con un lenguaje entendible para el público en general algunas de las mitologías que han surgido. Se ha convertido en una obra fundamental en relación a los libros de mitología.  

* Stephen Jay Gould (1941-2002) Fue considerado por muchos como uno de los científicos evolucionistas más importantes de la 2da mitad del siglo XX, fue Catedrático de la Universidad de Harvard causó la alegría de múltiples lideres religiosos y de algunos científicos creyentes y posteriormente el rechazo en gran parte de la comunidad científica con su propuesta del NOMA (Non-Overlapping Magisteria) publicada en Natural History en 1997 la cual busca fomentar el mutuo respeto entre ciencia y religión. Uno de los primeros y principales críticos del NOMA fue Richard Dawkins.

Fuentes:

1) Página oficial de Natalie Angier.–  http://www.natalieangier.com/