Científico Neil deGrasse Tyson: Asteroides asesinos.

        Dr. Neil deGrasse Tyson:          Asteroides asesinos.

Las probabilidades de que su epitafio diga “Muerto por asteroide” son casi las mismas de que diga “muerto en accidente aéreo”. Sólo cerca de dos docenas de personas han muerto por asteroide en los últimos 400 años, mientras que miles han muerto en accidentes aéreos desde el inicio de la historia relativamente breve de la aviación comercial. ¿Cómo es que esta estadística comparada es verdadera? Eso es simple. (Clik en las imágenes para verlas o leerlas mejor. )

El registro de impactos muestra que para cuando se cumplan diez millones de años, cuando la suma de todos los accidentes aéreos haya matado a mil millones de personas (asumiendo una taza de 100 muertes por accidente aéreo al año), un asteroide capaz de matar a ese mismo número de personas habrá impactado a la Tierra. La diferencia es que mientras los aviones matan a pocas personas a la vez de manera continua, el asteroide quizá no mate a nadie durante millones de años. Pero cuando éste impacte, se llevará a mil millones de personas: algunas de manera instantánea del resto en las secuelas de la conmoción climática.

La tasa combinada de impactos de asteroides y cometas al principio del sistema solar era atemorizantemente alta. Las teorías sobre la formación de los planetas muestran que los gases químicamente ricos se enfriaron y condensaron para formar moléculas, luego partículas de polvo, luego rocas y hielos. Y a partir de ahí, esto se volvió un campo de tiro. Las colisiones sirvieron como medio para que las fuerzas químicas y gravitacionales unieran objetos pequeños a otros más grandes. Estos objetos, por casualidad, habían adquirido un poco más de masa que el promedio, tenían un poco más de gravedad y atraían a más objetos. Conforme este crecimiento continuó, la gravedad eventualmente transformó estas moles en esferas y así nacieron los planetas. Los planetas más grandes tenían suficiente gravedad como para retener una cubierta gaseosa que ahora llamamos atmósfera.

 Cada planeta sigue creciendo, cada día de su vida, aunque a un paso significativamente más lento que cuando se formó. Incluso ahora, sobre la Tierra llueve polvo interplanetario en cantidades enormes -generalmente unas 100  toneladas al día- aunque sólo una pequeña fracción de este alcanza la superficie terrestre. El resto se evapora en la atmósfera en forma de estrellas fugaces. Las miles de millones, billones probablemente de rocas residuales –Cometas y asteroides- que han estado orbitando al sol desde aquellas épocas sin lograr unirse a algún objeto mayor son más peligrosas.

Los cometas de período largo –vagabundos helados provenientes de los rincones más lejanos del sistema solar (hasta mil veces el radio de la órbita de Neptuno)- son susceptibles a los jaloneos gravitacionales de las estrellas y las nubes interestelares, que pueden dirigirlo en un viaje largo hacia el sol, y en consecuencia, hacia nuestro vecindario. Se sabe que varios cometas de periodo corto que vienen de zonas más cercanas del Sistema Solar cruzan la órbita de la Tierra.

En cuanto a los asteroides, la mayoría están compuestos de roca. El resto son metal, en su mayoría hierro. Algunos son montones de escombro –una colección de pedacería unida por la gravedad. La mayoría de los asteroides vive entre las órbitas de Marte y Júpiter y jamás llegarán cerca de la Tierra. Pero algunos si. Algunos si llegarán. Se sabe de unos 10, 000 asteroides cercanos a la Tierra. Y sin duda habrá más por descubrir. Los más amenazantes de estos suman unos mil, y ese número crece de manera sostenida a medida que los observadores estelares siguen escudriñando los cielos. “Estos son los asteroides potencialmente peligrosos” (potentially hazardous asteroids), todos de más de 500 pies de ancho, con órbitas que los acercan a 20 veces la distancia entre la Tierra y la Luna. Nadie está diciendo que todos estos van a impactarnos mañana. Pero vale la pena estar pendientes de algunos, porque con un jaloncillo cósmico aquí y otro por allá, quizá terminen mucho más cerca de nosotros.

(Vídeo: Asteroides identificados de 1970 a 2015. Subir volumen. )


Nota: Los puntos celestes son Mercurio, Venus, Tierra, Marte y Júpiter.

 En este juego de la gravedad, los más atemorizantes por mucho son los cometas de período largo –aquellos cuyas órbitas alrededor del sol toman más de 200 años. Representan una cuarta parte de riesgo total de impactos que tiene la Tierra, y éstos cometas caen hacia la parte interna del Sistema Solar desde distancias tremendas a velocidades superiores a las cien mil millas por hora para cuando pasan por la Tierra. Los cometas de período largo alcanzan una increíble energía al impacto por su tamaño en comparación con un asteroide cualquiera. Más importante aún, son tan distantes y se ven tan tenues durante la mayor parte de su órbita como para monitorearlos de manera confiable. Para cuando descubramos que un cometa de largo período viene hacia nosotros, quizá sólo nos quedarán unos años –o incluso unos meses– para financiar, diseñar, y lanzar algún tipo de nave capaz de interceptarlo. En 1996, por ejemplo, descubrimos el cometa Hyakutake sólo cuatro meses antes de su aproximación más cercana al Sol porque su órbita estaba inclinada fuera del plano de nuestro sistema solar, justo en donde nadie estaba buscando. En su camino, pasó a diez millones de millas de la tierra: falló por poco.

La frase “crecimiento continuo” es mucho más sosa que “impactos que destruye ecosistemas y mata especies”, pero desde el punto de vista de la historia del sistema solar, los términos son similares. Los impactos nos convirtieron en lo que somos ahora. Así que no podemos estar al mismo tiempo contentos de que vivimos en un planeta químicamente rico y de que los dinosaurios ya no andan por la Tierra, y también estar molestos por el riesgo que existe de una catástrofe de niveles planetarios.

En una colisión con la tierra, algo de la energía del impacto se deposita en nuestra atmósfera mediante fricción y las ondas expansivas de la explosión. Las explosiones sónicas también son ondas expansivas, pero comúnmente las producen los aviones que vuelan a velocidades entre una y tres veces la velocidad del sonido. El mayor daño que éstas pueden hacer es sacudir un poco la vajilla que guarda usted en la alacena. Pero velocidades de más de 45,000 millas por hora –casi setenta veces la velocidad del sonido- las ondas expansivas de la colisión entre un asteroide y la Tierra pueden ser devastadoras.

 Si el asteroide o el cometa es lo suficientemente grande para sobrevivir a sus propias ondas expansivas, el resto de su energía será depositada en la Tierra. El impacto creará un cráter de hasta 20 veces el diámetro del objeto original y derretirá el suelo debajo. Sí hay muchos impactos, uno después de otro con poco tiempo entre cada colisión, entonces la superficie de la Tierra no tendrá suficiente tiempo para enfriarse entre impactos. Podemos inferir, a partir del prístino registro de cráteres en la superficie de nuestro vecino más cercano, la Luna, que la Tierra experimentó una era de bombardeo intenso entre 4.6 mil y 4000 millones años atrás.

La evidencia fósil más antigua de vida en la Tierra data de cerca de 3.8 mil millones de años. Antes de eso, la superficie de la Tierra estaba siendo incesantemente esterilizada. La formación de moléculas complejas, y por lo tanto la vida estaba inhibida a pesar de que estábamos recibiendo todos los ingredientes básicos. Eso quiere decir que a la vida le tomó 800 millones de años emerger aquí (4.6 mil millones – 3.8 mil millones = 800 millones). Pero para ser justos con la química orgánica, uno debe primero sustraer todo el tiempo que la superficie de la Tierra estuvo a temperaturas imposiblemente calientes. Eso deja apenas unos 200 millones de años para que emergiera la vida de un fértil cóctel químico –que, como todas las buenas sopas, incluía agua líquida.

Mucha de esa agua fue traída la Tierra por cometas hace más de 4000 millones de años. Pero no todos los desechos espaciales son remanentes desde el inicio del Sistema Solar. La Tierra ha sido golpeada por lo menos una docena de veces por rocas expulsadas desde Marte, y hemos sido golpeados en muchas más ocasiones por rocas expulsadas por la Luna.

 Estas expulsiones ocurren cuando algún impacto trae consigo tanta energía que, al producirse, rocas pequeñas cercanas a la zona del impacto son lanzadas hacia arriba con suficiente velocidad como para escapar del abrazo gravitacional del planeta. Después, estas rocas viajan en su propia misión balística en órbita alrededor del Sol hasta que se estrellan contra algo. La roca más famosa de Marte es el primer meteorito hallado cerca de la sección Alan Hills de Antártica en 1984 – oficialmente conocido por su abreviatura en código, ALH-84001. Este meteorito contiene evidencia prometedora si bien circunstancial, de que formas de vida simples proliferaron en el planeta rojo hace mil millones de años.

En Marte hay abundante evidencia “geo”-lógica- causes de río seco, deltas, llanuras aluviales, cráteres erosionados, hondonadas en pendientes escarpadas- de una historia de agua líquida. También hay agua congelada (en los polos y mucho hielo superficial) así como minerales (silicio, barro, esférulas de hematita) que se forman en depósitos de agua. Dado que el agua líquida es crucial para la sobrevivencia de la vida como la conocemos, la posibilidad de que haya habido vida en Marte no es difícil de considerar para la credulidad científica. La parte divertida viene con la especulación de que las formas de vida primero surgieron en Marte y fueron lanzadas de la superficie del planeta, convirtiéndose así en los primeros astronautas microbianos del sistema solar. Y arribaron en la Tierra para activar la evolución. Incluso hay una palabra para designar a ese proceso: Panspermia. Quizá en realidad todos somos marcianos.

Es mucho más factible que la materia haya viajado de Marte a la Tierra que al revés. Escapar a la gravedad de la Tierra requiere más de dos y media veces la energía que se requiere para abandonar Marte. Y dado que la atmósfera de la Tierra es cercana de cien veces más densa, la resistencia del aire en la Tierra (relativa a Marte) es formidable. Las bacterias en el asteroide itinerante sin duda habrían tenido que ser tozudas para sobrevivir millones de años de merodeos interplanetarios antes de caer a la Tierra. Por fortuna no hay falta de agua líquida ni de riqueza química aquí mismo, así que, aunque no podemos explicar definitivamente el origen de la vida, tampoco requerimos de teorías de panspermia para hacerlo.

 Claro, es fácil considerar que los impactos son malos para la vida. Podemos, y lo hacemos, culparlos de los principales episodios de extinción en nuestros registros fósiles.

Ese registro muestra interminables formas de vida extintas que prosperaron por mucho más tiempo de lo que ha durado la tenencia de la Tierra del Homo Sapiens. Los dinosaurios se cuentan entre estas. ¿Pero cuáles son los riesgos para la vida y la sociedad?

Objetos del tamaño de una casa impactan contra la Tierra cada ciertas décadas. Típicamente explotan en la atmósfera y no dejan ni rastro ni cráter. Pero incluso estos impactos debé pueden convertirse en bombas de tiempo políticas. Si una de esas explosiones atmosféricas tiene lugar sobre la India o Pakistán, durante uno de los múltiples episodios de tensión creciente entre estas dos naciones, el riesgo de que alguna de las dos la intérprete como un primer ataque nuclear y responda es alto. En el otro lado de la escalera de impactos, una vez cada cien millones de años nos visita un objeto capaz de aniquilar todas las formas de vida más grandes que una mochila. En esos casos, no hay necesidad de una respuesta política.

[Tweet espacial # 8. Para algunas personas, el espacio es irrelevante. Pero cuando se trata de asteroides, propuesto que no piensan lo mismo.]

A continuación, presento una tabla que relaciona la tasa promedio de colisiones en la Tierra con el tamaño de los objetos que se impactan y de energía equivalente en millones de toneladas de TNT. Se basa en un análisis detallado de la historia de los cráteres en la tierra, del registro de cráteres libres de erosión de la superficie de la Luna y del número conocido de asteroides y cometas cuyas órbitas se entrecruzan con la de la Tierra. Estos datos son una adaptación de un estudio solicitado por el congreso titulado The Spaceguard Survey: Report of the NASA International Near-Earth Object Detection Workshop. Para efectos comparativos, la tabla incluye la energía de impacto en unidades de la bomba atómica lanzada por la fuerza aérea estadounidense sobre Hiroshima en 1945.

La energía de algunos impactos famosos pueden ubicarse en la tabla. Por ejemplo, una explosión cerca del río Tunguska en Siberia derribó miles de kilómetros cuadrados de árboles e incineró los 300 km² que rodeaban a la zona cero. El culpable se cree que fue un meteorito rocoso de sesenta metros (más o menos del tamaño de un edificio de 20 pisos) que explotó en el aire, por lo que no dejó cráter. La tabla indica que las colisiones de esta magnitud suceden, en promedio, cada varios siglos. Un ejemplo más raro creó el cráter Chicxulub de casi 200 kilómetros de diámetro en la península de Yucatán, y que se cree fue producido por un asteroide de quizá diez kilómetros de diámetro, con una energía de impacto 5000 millones de veces más grande que la de las bombas atómicas de la segunda guerra mundial. Esta es una de esas colisiones que suceden una vez cada cien millones de años. El cráter data de hace unos 65 millones de años, y no ha habido uno de magnitud similar desde entonces. Coincidentemente, al mismo tiempo se extinguieron el Tiranosaurio Rex y sus amigos, lo que permitió que los mamíferos evolucionarán para convertirse en algo más ambicioso que unas simples musarañas.

(Vídeo: Caso Tunguska explicado por Carl Sagan. )

 Vale la pena considerar como afectan los impactos a los ecosistemas de la Tierra. En un grueso tomo titulado Hazards Due to Comets and Asteroids, varios científicos planetarios hacen justamente eso. Aquí un poco de lo que han explicado:

 • La mayoría de los impactos de menos de diez megatones de energía explotarán en la atmósfera y no dejan cráter. Los pocos que sobreviven estarán hechos de hierro.

 • Una explosión entre 10 y 100 megatones de un asteroide de hierro creará un cráter, mientras que su equivalente rocoso se desintegrará, produciendo principalmente explosiones en la atmósfera. En tierra, el objeto que es impacte destruir a un aria equivalente a Washington D.C.

 • Un impacto en la tierra de entre 1,000 a 10,000 megatones producirá un cráter y destruirá un área del tamaño del estado de Delaware. Un impacto oceánico de esa magnitud provocará tifones de tamaño significativo.

 • Una explosión de entre 100,000 y 1,000,000 megatones resultará en la destrucción global del ozono. Un impacto así generará olas gigantes en un hemisferio completado, mientras que un impacto en la tierra levantará tanto polvo a la estratósfera terrestre como para alterar el clima en la Tierra y congelarán los cultivos. Un impacto terrestre destruirá un área del tamaño de Francia.

 • Un impacto de 10,000,000 a 1000,000,000 megatones resultará en un cambio climático prolongado y una conflagración global. Un impacto en tierra destruirá un área equivalente al territorio de Estados Unidos.

 • Una explosión de 100,000,000 A 1,000,000,000, ya sea en la tierra o en el agua llevará a la extinción masiva a escala del impacto del Chicxulub, cuando se extinguieron tres cuartas partes de las especies en la Tierra.

La Tierra, claro, no es el único planeta rocoso en riesgo de ser impactado. Mercurio tiene una faz tan llena de cráteres que al observador casual se le hará muy similar a la de la Luna. La radiotopografía de Venus muestra que tiene su buena dosis de cráteres. Y Marte, con geología históricamente activa, revela grandes y recientes cráteres.

 Con más de 3000 veces la masa de la Tierra y con más de diez veces su diámetro, la habilidad de Júpiter de atraer impactos no tiene comparación con ninguno de los otros planetas de nuestro sistema solar. En 1994, durante la semana de los festejos del aniversario 25 del alunizaje del apolo 11. El cometa shoemaker-Levy 9, después de deshacerse de unos cuantos pedazos durante un encuentro cercano previo con Júpiter, se estrelló-un pedazo tras otro, a una velocidad de más de 200,000 km/h – Contra la atmósfera joviana. Los telescopios caseros fueron capaces de detectar las cicatrices gaseosas. Dado que Júpiter gira velozmente (una vez cada diez horas), cada parte del cometa cayó en un sitio distinto.

En caso de que se lo esté preguntando, cada pieza del shoemaker-Levy 9 se estrelló con una energía equivalente al impacto del Chicxulub. Así que, además de todo lo que sabemos de Júpiter, seguro que ya no tiene dinosaurios.

Le dará gusto saber que en años recientes, más y más científicos planetarios en todo el mundo están a la casa de estos vagabundos del espacio que pueden dirigirse hacia nosotros. Cierto, nuestra lista de potenciales impactos mortales es incompleta, y nuestra capacidad para predecir el comportamiento de estos objetos a millones de órbitas en el futuro está severamente comprometida debido a la aparición del caos. Pero podemos enfocarnos en lo que sucederá en las próximas décadas y en los próximos siglos.

 Entre la población de asteroides que interceptan con la Tierra, tenemos la oportunidad de catalogar todo lo que sea más grande que un kilómetro de ancho – el tamaño partir del cual estamos ante una catástrofe global. Un sistema de defensa y de aviso temprano para proteger a la especie humana de estos impactos es una meta asequible. Desafortunadamente los objetos más pequeños de un kilómetro, de los cuales hay muchos, reflejan mucho menos luz y por lo mismo son mucho más difíciles de detectar y de rastrear. Dado su opacidad, nos pueden golpear sin aviso – o con un aviso muy corto como para hacer algo al respecto. En enero de 2002, por ejemplo, un asteroide del tamaño de un estadio pasó a dos veces la distancia de aquí a la Luna – Y se descubrió sólo a dos días antes de su punto más cercano. Con una década o un poco más de recolección de datos y mejoras en los detectores, sin embargo, será posible catalogar casi todos los asteroides hasta unos 140 metros de ancho. Aunque los objetos “pequeños” tienen suficiente energía para incinerar naciones enteras ya no ponen en riesgo de extinción a la especie humana completa.

 ¿Hay alguno de estos de los que tenemos que preocuparnos? Por lo menos de uno. El viernes, 13 de abril del 2029, un asteroide (tan grande como para llenar el estadio Rose Bowl) volará tan cerca de la Tierra qué pasará debajo de la altitud de nuestros satélites de telecomunicaciones. A este asteroide no lo bautizamos como Bambi; en cambio, lo llamamos Apofis. En honor al Dios egipcio de la obscuridad y la muerte. Si la trayectoria de Apofis al pasar por su punto más cercano pasa dentro de cierto rango estrecho de altitudes conocido como la “cerradura”, la influencia de la gravedad de la Tierra sobre su órbita garantizará que siete años después, en 2036, en su viaje de vuelta, el asteroide golpeará la Tierra directamente, probablemente impactando el océano pacifico entre California y Hawái. El tsunami de cinco pisos que creará arrasará con toda la costa oeste de Norteamérica, hundirá las ciudades de Hawái y debastará las masas continentales de la costa del Pacífico. Si Apofis no pasa por la “cerradura” en 2029, entonces no tenemos nada de qué preocuparnos para 2036.

(Mini-Documental sobre diversos impactos recientes: Campo del Cielo en Argentina, Cheliábinsk en Rusia, caso Ann Hodges etc.)

Una vez que hemos marcado en nuestros calendarios el año 2029, podemos pasar el tiempo bebiendo cócteles en la playa y planeando donde escondernos del impacto, o podemos ser proactivos. El grito de batalla de aquellos que están ansiosos de iniciar una guerra nuclear es: “¡Hagámoslo estallar en el cielo!”. Claro, el paquete más eficiente energía de destructiva jamás descubierto por los seres humanos es la energía nuclear. Un golpe directo o a un asteroide que bien hacia nosotros podría hacerlo estallar en pedazos suficientemente pequeños como para reducir el peligro del impacto y convertirlo en una inofensiva de espectacular lluvia de meteoritos. Recuerde que en el espacio vacío, donde no hay aire, no puede haber ondas expansivas, así que la ojiva nuclear debe hacer contacto con el asteroide para hacerle daño.

Otro método sería utilizar una bomba de neutrones, altamente radioactiva (una bomba de la guerra fría que mataba las personas pero dejaba los edificios intactos). La cascada de neutrones de alta energía calentaría un lado del asteroide y provocaría que escupiera un poco de materia y entonces induciría aquel asteroide reculara, modificará su órbita y se alejara de la ruta de impacto.

 Un método más gentil y cuidadoso sería empujar al asteroide hasta alejarlo de la ruta peligrosa con cohetes constantes pero lentos que de alguna manera lográramos unir a uno de sus lados.

Independientemente de la incertidumbre de cómo fijar los cohetes con material poco familiar, si lográramos hacer lo suficientemente a tiempo, entonces todo lo que se requeriría seria un pequeño empujoncito utilizando combustibles químicos convencionales. O quizá podríamos sujetar una vela solar que empleará la presión del sol como método de propulsión; en ese caso no se requiere combustible.

 La solución que tiene más apoyo es el tractor gravitacional. Esta involucra ubicar una sonda en el espacio cerca del asteroide asesino. Conforme la gravedad mutua atraiga a la sonda hacia el asteroide, los retro propulsores se echarán andar, causando entonces que el asteroide se acerque la sonda y se salga de su órbita de colisión con la Tierra.

El negocio de salvar al planeta requiere compromisos. Primero tenemos que catalogar cada objeto cuya órbita se intercepta con la Tierra. Luego tenemos que realizar cálculos precisos que nos permitan predecir las colisiones catastróficas en cientos o miles de órbitas a futuro. Mientras tanto debemos realizar misiones espaciales para determinar a detalle la estructura y la composición química de los asteroides y cometas asesinos. Las estrategias militares entienden la necesidad de conocer al enemigo. Pero, por primera vez, estaríamos involucrados en una misión espacial no para ganarle a nuestros competidores sino para proteger la vida de nuestra especie en nuestro hogar colectivo.

Cualquiera que sea la opción que elijamos, primero necesitamos realizar un inventario detallado de las órbitas de todos los objetos que amenazan la vida en la Tierra. El número de personas en el mundo involucrado en esta búsqueda suma unas cuantas docenas. Me sentiría mucho más seguro si fueran unos cuantos más. La decisión tiene que ver con qué tan a futuro estamos dispuestos a proteger la vida de nuestra especie en la Tierra. Si los humanos alguna vez se extinguen debido a una colisión catastrófica, no será porque nos falta la capacidad mental para protegernos a nosotros mismos, sino porque nos faltó la prospectiva y la determinación. Las especies dominantes que nos reemplacen en nuestra Tierra post-apocalíptica quizá se pregunten porque no nos fue mejor que a los dinosaurios y sus cerebros pequeños.

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 Autor del artículo: Científico Neil deGrasse Tyson. Es un físico por la Universidad de Harvard, con maestría en astronomía por la Univerdad de Texas en Austin. Dr. Astrofísica por la Universidad de Columbia 1991. Ha desarrollado su labor como investigador en la Universidad de Maryland, la Universidad de Princenton y el Museo de Historia Natural de Estados Unidos. Actualmente es Director del Planetario Hyden en Nueva York.

Autor de diversos artículos científicos publicados en revistas científicas como: 

Astronomical Journal, Astronomy & Astrophysics, Astrophysical Journal, Astrophysical Journal Supplement etc. 

Divulgador científico de fama mundial por medio de 14 libros hasta la fecha,  diversas series  documentales y programas entre ellos NOVA, 2da Serie de COSMOS en 2014, Star Talk, así como conferencias universitarias, televisivas etc.

Premios y galardones: Hasta el momento cuenta con 20 Dr. Honoris Causa, es miembro de diversas comunidades científicas en 2015 fue elegido miembro por la American Academy of Arts and Sciences. La  comunidad científica National Academy of Sciences le otorgó en 2015 su galardón más importante The Public Welfare Medal, gran etc.

 Krisangel23. Soy el editor de Metrópolis Escéptica y subtitulador del grupo Traducciones Herejes. Traducimos y subtitulamos material del inglés al español sobre muy diversos temas como ateísmo, escepticismo, divulgación científica, diversidad afectiva sexual, humanismo secular etc.

Nota 1) Por suerte, el Laboratorio de Propulsión a Chorro (JPL) de California, Estados Unidos, descartó en 2013 la probabilidad de impacto de Apofis con la Tierra en 2029 y 2036  en acorde a la Escala Turin tiene un nivel de cero es decir muy poca probabilidad según las más recientes observaciones, sin embargo la comunidad científica lo sigue vigilando, por que su órbita puede llegar a cambiar. 

Portada del libro por el sello editorial Paidós.

Fuentes.

1) Libro: Crónicas del Espacio. Ante la última frontera. De Neil deGrasse Tyson. Año de publicación 2012.

Capítulo: Asteroides asesinos. 

Nota:  Si prefieren leer el libro en español, recomiendo comprar la versión del sello editorial paidós, no por el sello editorial crítica, el de crítica tiene un feo diseño de portada y además sus páginas no son blancas sino del color de la Tabla de arriba de: Riesgo de impactos en la Tierra. El libro es una recopilación de artículos que el autor escribió primeramente en la revista Natural History. 

2) (Artículo recomendado) Lluvia de meteoritos, sobre Campo del Cielo.-  https://www.pagina12.com.ar/8135-lluvia-de-meteoritos

3) (Artículo recomendado) Ann Hodges, la única persona en la historia golpeada por un meteorito.- https://www.nationalgeographic.es/historia/2017/11/ann-hodges-la-unica-persona-en-la-historia-golpeada-por-un-meteorito