Libro. La Civilización del Espectáculo. Por el Premio Nobel Mario Vargas Llosa.

portada-la-civilizacion-del-espectaculo_grande( Este artículo esta dividido en varias partes: Introducción por su autor, una entrevista en vídeo por parte del Premio Pulitzer Andrés Oppenherimer, un pequeño capítulo y datos básicos sobre el libro y mi reflexión y crítica personal como promotor del escepticismo y racionalismo, así como las referencias etc.  Dar clik en las imágenes para verlas mejor. )

En el pasado, la cultura fue a menudo una conciencia que impedía a las personas cultas dar la espalda a la realidad. 

La Civilización del Espectáculo. 

Por el Premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa. 

Este ensayo fue naciendo en los últimos años sin que yo me diera cuenta, a raíz de la incómoda sensación que solía asaltarme a veces visitando exposiciones, asistiendo a algunos espectáculos, viendo ciertas películas, obras de teatro o programas de televisión, o leyendo ciertos libros, revistas y periódicos, de que me estaban tomando el pelo y que no tenía cómo defenderme ante una arrolladora y sutil conspiración para hacerme sentir un inculto o un estúpido. 

Este libro es mi alegato de defensa. Cuando comencé a escribirlo descubrí que llevaba tiempo tocando algunos de sus temas de manera fragmentaria en artículos y polémicas, y eso explica que cada capítulo tenga como colofón unos “antecedentes” que reproducen aquellos textos tal como fueron publicados. Pero he utilizado también, en algunos capítulos, partes, a veces muy amplias, de ensayos y charlas, introduciendo en estos textos, allí sí, enmiendas importantes.

Pese a todos esos collages creo que el libro es un ensayo orgánico que fui elaborando a lo largo de años aguijoneado por un tema inquietante y fascinante: cómo la cultura dentro de la que nos movemos se ha ido frivolizando y banalizando hasta convertirse en algunos casos en un pálido remedo de lo que nuestros padres y abuelos entendían por esa palabra. Me parece que tal transformación significa un deterioro que nos sume en una creciente confusión de la que podría resultar, a la corta o a la larga, un mundo sin valores estéticos, en el que las artes y las letras -las humanidades- habrían pasado a ser poco más que formas secundarias del entretenimiento, a la zaga del que proveen al gran público los grandes medios audiovisuales, y sin mayor influencia en la vida social. Ésta, resueltamente orientada por consideraciones pragmáticas, transcurriría entonces bajo la dirección absoluta de los especialistas y los técnicos, abocada esencialmente a la satisfacción de las necesidades materiales y animada por el espíritu de lucro, motor de la economía, valor supremo de la sociedad, medida exclusiva del fracaso y del éxito, y, por lo mismo, razón de ser de los destinos individuales.

Ésta no es una pesadilla orwelliana sino una realidad perfectamente posible a la que, insensiblemente, se han ido acercando las naciones más avanzadas y libres del planeta, las del Occidente democrático y liberal, a medida que los fundamentos de la cultura tradicional entraban en bancarrota, se iban desintegrando, y los iban sustituyendo unos embelecos que han ido alejando cada vez más del gran público las creaciones artísticas y literarias, las ideas filosóficas, los ideales cívicos, los valores y, en suma, toda aquella dimensión espiritual llamada antiguamente la cultura, que, aunque confinada principalmente en una elite, desbordaba en el pasado hacia el conjunto de la sociedad e influía en ella dándole un sentido a la vida y una razón de ser a la existencia que trascendía el mero bienestar material del ciudadano. Nunca hemos vivido como ahora en una época tan rica en conocimientos científicos y hallazgos tecnológicos ni mejor equipada para derrotar la enfermedad, la ignorancia y la pobreza y, sin embargo, acaso nunca hayamos estado tan desconcertados y extraviados respecto a ciertas cuestiones básicas como qué hacemos aquí en este astro sin luz propia que nos tocó, si la mera supervivencia es el único norte que justifica la vida, si palabras como espíritu, ideales, placer, amor, solidaridad, arte, creación, alma, trascendencia, significan algo todavía, y, si la respuesta es positiva, qué es exactamente lo que hay en ellas y qué no. 

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Premio Nobel de Literatura del año 2010 Mario Vargas Llosa.

 Antes, la razón de ser de la cultura era dar una respuesta a este género de preguntas, pero lo que hoy entendemos por cultura está exonerada por completo de semejante responsabilidad, ya que hemos ido haciendo de ella algo mucho más superficial y voluble, o una forma de diversión ligera para el gran público o un juego retórico, esotérico y oscurantista para grupúsculos vanidosos y de espaldas al conjunto de la sociedad.

La idea de progreso es engañosa. Quién, que no fuera un ciego o un fanático, podría negar que una época en la que los seres humanos pueden viajar a las estrellas, comunicarse al instante salvando todas las distancias gracias al Internet, clonar a los animales y a los humanos, fabricar armas capaces de volatilizar el planeta e ir destruyendo con nuestras prodigiosas invenciones industriales el aire que respiramos, el agua que bebemos y la tierra que nos alimenta, ha alcanzado un desarrollo sin precedentes en la historia de la humanidad. Al mismo tiempo, nunca ha estado menos segura la supervivencia de la especie por los riesgos de una confrontación atómica, la locura sanguinaria de los fanatismos religiosos y la erosión del medio ambiente, y acaso nunca haya habido, junto a las extraordinarias oportunidades y condiciones de vida de que gozan los privilegiados, el contraste de la pavorosa miseria y las atroces condiciones de vida que todavía padecen, en este mundo tan próspero, centenares de millones de seres humanos, y no sólo en el llamado Tercer Mundo, también en enclaves de horror y vergüenza en el seno mismo de las ciudades más opulentas del planeta.

El periodista ganador del Premio Pulitzer Andrés Oppenheimer presenta una entrevista al escritor y ganador del Premio Nobel de Literatura del año 2010 Mario Vargas Llosa en relación a su libro titulado.-  La Civilización del Espectáculo.

                         

En el pasado, la cultura tuvo siempre que ver con esos temas y fue a menudo el mejor llamado de atención ante semejantes problemas, una conciencia que impedía a las personas cultas dar la espalda a la realidad cruda y ruda de su tiempo. Ahora, más bien, lo que llamamos cultura es un mecanismo que permite ignorar los asuntos problemáticos, distraernos de lo que es serio, sumergirnos en un momentáneo “paraíso artificial”, poco menos que el sucedáneo de una calada de marihuana o un jalón de coca, es decir, una pequeña vacación de irrealidad.

Todos estos son temas profundos y complejos que no caben en las pretensiones, mucho más limitadas, de este libro. Éste sólo quiere ser un testimonio personal, en el que aquellas cuestiones se refractan en la experiencia de alguien que, desde que descubrió, a través de los libros, la aventura espiritual, tuvo siempre por un modelo a aquellas personas cultas, que se movían con desenvoltura en el mundo de las ideas y que tenían más o menos claros unos valores estéticos que les permitían opinar con seguridad sobre lo que era bueno y malo, original o epígono, revolucionario o rutinario, en la literatura, las artes plásticas, la filosofía, la música. Muy consciente de las deficiencias de mi formación escolar y universitaria, durante toda mi vida he procurado suplir esos vacíos, estudiando, leyendo, visitando museos y galerías, yendo a bibliotecas, conferencias y conciertos. No había en ello sacrificio alguno. Más bien, el inmenso placer de ir, poco a poco, descubriendo que se ensanchaba mi horizonte intelectual, que entender a Nietzsche o a Popper, leer a Homero, descifrar el Ulises de Joyce, gustar la poesía de Góngora, de Baudelaire, de T. S. Eliot, explorar el universo de Goya, de Rembrandt, de Picasso, de Mozart, de Mahler, de Bartók, de Chéjov, de O’Neil, de Ibsen, de Brecht, enriquecía extraordinariamente mi fantasía, mis apetitos y mi sensibilidad.

Hasta que, de pronto, empecé a sentir que muchos “artistas”, “pensadores” y “escritores” contemporáneos me estaban tomando el pelo. Y que no era un hecho aislado, casual y transitivo, sino un verdadero proceso del que parecían cómplices, además de ciertos creadores, sus críticos, editores, galeristas, productores, y un público de papanatas inconscientes a los que aquellos manipulaban a su gusto, haciéndoles tragar gato por liebre, por razones crematísticas a veces y a veces por pura frivolidad.

Quiero dejar sentada mi protesta, por lo que pueda valer, que, lo sé, no será mucho. Hay demasiados intereses de por medio, helás. Probablemente, el fenómeno que este ensayo describe en unos cuantos apuntes no tenga remedio, porque forma ya parte de una manera de ser, de vivir, de fantasear y de creer de nuestra época, y que lo que este libro añora sea polvo y ceniza sin resurrección posible.

Pero podría ser, también, ya que nada se está quieto en el mundo en que vivimos, que ese fenómeno, la civilización del espectáculo, perezca sin pena ni gloria, por obra de su propia inanidad y nadería, y que otro lo reemplace, acaso mejor, acaso peor, en la sociedad del porvenir. Confieso que tengo poca curiosidad por el futuro, en el que, tal como van las cosas, tiendo a descreer. En cambio, me interesa mucho el pasado, y muchísimo el presente, que sería incomprensible sin aquél. En este presente hay innumerables cosas mejores que las que vieron nuestros ancestros, desde luego: menos dictaduras, más democracias, una libertad que alcanza a más países y personas que nunca antes, una prosperidad y una educación que llegan a muchas más gentes que antaño y unas oportunidades para un gran número de seres humanos que jamás existieron antes, salvo para ínfimas minorías.

Pero, en un campo específico, aunque de fronteras volátiles, el de la cultura, creo que hemos retrocedido, sin advertirlo ni quererlo, por culpa fundamentalmente de los países más cultos, los de la vanguardia del desarrollo, los que marcan las pautas y las metas que poco a poco van contagiando a los que vienen detrás. Y asimismo creo que una de las consecuencias que podría tener la corrupción de la vida cultural por obra de la frivolidad, podría ser que aquellos gigantes, a la larga, revelaran tener unos pies de barro y perdieran su protagonismo y poder, por haber derrochado con tanta ligereza el arma secreta que hizo de ellos lo que han llegado a ser, esa delicada materia que da sentido, contenido y un orden a lo que llamamos civilización.

Capítulo

Breve discurso sobre la cultura. 

arton10 A lo largo de la historia, la noción de cultura ha tenido distintos significados y matices. Durante muchos siglos fue un concepto inseparable de la religión y del conocimiento teológico; en Grecia estuvo marcado por la filosofía y en Roma por el derecho, en tanto que en el Renacimiento lo impregnaban sobre todo la literatura y las artes. En épocas más recientes como la Ilustración fueron la ciencia y los grandes descubrimientos científicos los que dieron el sesgo principal a la idea de cultura. Pero, a pesar de esas variantes y hasta nuestra época, cultura siempre significó una suma de factores y disciplinas que, según amplio consenso social, la constituían y ella implicaba: la reivindicación de un patrimonio de ideas, valores y obras de arte, de unos conocimientos históricos, religiosos, filosóficos y científicos en constante evolución, el fomento de la exploración de nuevas formas artísticas y literarias y de la investigación en todos los campos del saber.

La cultura estableció siempre unos rangos sociales entre quienes la cultivaban, la enriquecían con aportes diversos, la hacían progresar y quienes se desentendían de ella, la despreciaban o ignoraban, o eran excluidos de ella por razones sociales y económicas. En todas las épocas históricas, hasta la nuestra, en una sociedad había personas cultas e incultas, y, entre ambos extremos, personas más o menos cultas o más o menos incultas, y esta clasificación resultaba bastante clara para el mundo entero porque para todos regía un mismo sistema de valores, criterios culturales y maneras de pensar, juzgar y comportarse.

Libreria-Pena-Nieto[5] En nuestro tiempo todo aquello ha cambiado. La noción de cultura se extendió tanto que, aunque nadie se atrevería a reconocerlo de manera explícita, se ha esfumado.

Se volvió un fantasma inaprensible, multitudinario y traslaticio. Porque ya nadie es culto si todos creen serlo o si el contenido de lo que llamamos cultura ha sido depravado de tal modo que todos puedan justificadamente creer que lo son. 

PRELIMS.QXD La más remota señal de este proceso de progresivo empastelamiento y confusión de lo que representa una cultura la dieron los antropólogos, inspirados, con la mejor buena fe del mundo, en una voluntad de respeto y comprensión de las sociedades primitivas que estudiaban. Ellos establecieron que cultura era la suma de creencias, conocimientos, lenguajes, costumbres, atuendos, usos, sistemas de parentesco y, en resumen, todo aquello que un pueblo dice, hace, teme o adora. Esta definición no se limitaba a establecer un método para explorar la especificidad de un conglomerado humano en relación con los demás. Quería también, de entrada, abjurar del etnocentrismo prejuicioso y racista del que Occidente nunca se ha cansado de acusarse. El propósito no podía ser más generoso, pero, ya sabemos, por el famoso dicho, que el infierno está empedrado de buenas intenciones.

Porque una cosa es creer que todas las culturas merecen consideración ya que en todas hay aportes positivos a la civilización humana, y otra, muy distinta, creer que todas ellas, por el mero hecho de existir, se equivalen. Y es esto último lo que asombrosamente ha llegado a ocurrir en razón de un prejuicio monumental suscitado por el deseo de abolir de una vez y para siempre todos los prejuicios en materia de cultura. La corrección política ha terminado por convencernos de que es arrogante, dogmático, colonialista y hasta racista hablar de culturas superiores e inferiores y hasta de culturas modernas y primitivas. Según esta arcangélica concepción, todas las culturas, a su modo y en su circunstancia, son iguales, expresiones equivalentes de la maravillosa diversidad humana.

antropologia Si etnólogos y antropólogos establecieron esta igualación horizontal de las culturas, diluyendo hasta la invisibilidad la acepción clásica del vocablo, los sociólogos, por su parte —o, mejor dicho, los sociólogos empeñados en hacer crítica literaria—, han llevado a cabo una revolución semántica parecida, incorporando a la idea de cultura, como parte integral de ella, a la incultura, disfrazada con el nombre de cultura popular, una forma de cultura menos refinada, artificiosa y pretenciosa que la otra, pero más “libre, genuina, crítica, representativa y audaz.” Diré inmediatamente que en este proceso de socavamiento de la idea tradicional de cultura han surgido libros tan sugestivos como el que Mijaíl Bajtín dedicó a La cultura popular en la Edad Media y el Renacimiento. El contexto de François Rabelais, en el que contrasta, con sutiles razonamientos y sabrosos ejemplos, lo que llama «cultura popular», una suerte de contrapunto, según el crítico ruso, a la cultura oficial y aristocrática. Ésta se conserva y brota en los salones, palacios, conventos y bibliotecas, en tanto que la popular nace y vive en la calle, la taberna, la fiesta, el carnaval. La cultura popular satiriza a la oficial con réplicas que, por ejemplo, desnudan y exageran lo que ésta oculta y censura como el «abajo humano», el sexo, las funciones excrementales, la grosería, y opone el rijoso «mal gusto» al supuesto «buen gusto» de las clases dominantes.

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Mijaíl Bajtín.

 No hay que confundir la clasificación hecha por Bajtín y otros críticos literarios de estirpe sociológica — cultura oficial y cultura popular — con aquella división que desde hace mucho existe en el mundo anglosajón entre la high brow culture y la low brow culture: la cultura de la ceja levantada y la de la ceja alicaída. En este último caso estamos siempre dentro de la acepción clásica de la cultura y lo que distingue a una de otra es el grado de facilidad o dificultad que ofrece al lector, oyente, espectador y simple cultor el hecho cultural. Un poeta como T. S. Eliot y un novelista como James Joyce pertenecen a la cultura de la ceja levantada en tanto que los cuentos y novelas de Ernest Hemingway o los poemas de Walt Whitman a la de la ceja alicaída, pues resultan accesibles a los lectores comunes y corrientes. En ambos casos estamos siempre dentro del dominio de la literatura a secas, sin adjetivos. Bajtín y sus seguidores (conscientes o inconscientes) hicieron algo más radical: abolieron las fronteras entre cultura e incultura y dieron a lo inculto una dignidad relevante, asegurando que lo que podía haber en este discriminado ámbito de impericia, chabacanería y dejadez estaba compensado por su vitalidad, humorismo y la manera desenfadada y auténtica con que representaba las experiencias humanas más compartidas.

De este modo han ido desapareciendo de nuestro vocabulario, ahuyentados por el miedo a incurrir en la incorrección política, los límites que mantenían separadas a la cultura de la incultura, a los seres cultos de los incultos. Hoy ya nadie es inculto o, mejor dicho, todos somos cultos. Basta abrir un periódico o una revista para encontrar, en los artículos de comentaristas y gacetilleros, innumerables referencias a la miríada de manifestaciones de esa cultura universal de la que somos todos poseedores, como por ejemplo «la cultura de la pedofilia», «la cultura de la marihuana», «la cultura punk», «la cultura de la estética nazi» y cosas por el estilo. Ahora “todos somos cultos” de alguna manera, aunque no hayamos leído nunca un libro, ni visitado una exposición de pintura, escuchado un concierto, ni adquirido algunas nociones básicas de los conocimientos humanísticos, científicos y tecnológicos del mundo en que vivimos.

Queríamos acabar con las elites, que nos repugnaban moralmente por el retintín privilegiado, despectivo y discriminatorio con que su solo nombre resonaba ante nuestros ideales igualitaristas y, a lo largo del tiempo, desde distintas trincheras, fuimos impugnando y deshaciendo a ese cuerpo exclusivo de pedantes que se creían superiores y se jactaban de monopolizar el saber, los valores morales, la elegancia espiritual y el buen gusto. Pero hemos conseguido una victoria pírrica, un remedio peor que la enfermedad: vivir en la confusión de un mundo en el que, paradójicamente, como ya no hay manera de saber qué cosa es cultura, todo lo es y ya nada lo es.

cultura-cientifica Sin embargo, se me objetará, nunca en la historia ha habido un cúmulo tan grande de descubrimientos científicos, realizaciones tecnológicas, ni se han editado tantos libros, abierto tantos museos ni pagado precios tan vertiginosos por las obras de artistas antiguos y modernos. ¿Cómo se puede hablar de un mundo sin cultura en una época en que las naves espaciales construidas por el hombre han llegado a las estrellas y el porcentaje de analfabetos es el más bajo de todo el acontecer humano? Todo ese progreso es cierto, pero no es obra de mujeres y hombres cultos sino de especialistas. Y entre la cultura y la especialización hay tanta distancia como entre el hombre de Cro-Magnon y los sibaritas neurasténicos de Marcel Proust. De otro lado, aunque haya hoy muchos más alfabetizados que en el pasado, éste es un asunto cuantitativo y la cultura no tiene mucho que ver con la cantidad, sólo con la cualidad. Hablamos de cosas distintas. A la extraordinaria especialización a que han llegado las ciencias se debe, sin duda, que hayamos conseguido reunir en el mundo de hoy un arsenal de armas de destrucción masiva con el que podríamos desaparecer varias veces el planeta en que vivimos y contaminar de muerte los espacios adyacentes. Se trata de una hazaña científica y tecnológica y, al mismo tiempo, una manifestación flagrante de barbarie, es decir, un hecho eminentemente anticultural si la cultura es, como creía T. S. Eliot, «todo aquello que hace de la vida algo digno de ser vivido».

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Fallen Angel By Alexandre Cabanel, 1847

 La cultura es —o era, cuando existía— un denominador común, algo que mantenía viva la comunicación entre gentes muy diversas a las que el avance de los conocimientos obligaba a especializarse, es decir, a irse distanciando e incomunicando entre sí. Era, asimismo, una brújula, una guía que permitía a los seres humanos orientarse en la espesa maraña de los conocimientos sin perder la dirección y teniendo más o menos claras, en su incesante trayectoria, las prelaciones, la diferencia entre lo que es importante y lo que no lo es, entre el camino principal y las desviaciones inútiles. Nadie puede saber todo de todo —ni antes ni ahora fue posible—, pero al hombre culto la cultura le servía por lo menos para establecer jerarquías y preferencias en el campo del saber y de los valores estéticos.

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Arte Postmoderno ( Lo que más odian los defensores del arte clásico. )

 En la era de la especialización y el derrumbe de la cultura las jerarquías han desaparecido en una amorfa mezcolanza en la que, según el embrollo que iguala a las innumerables formas de vida bautizadas como culturas, todas las ciencias y las técnicas se justifican y equivalen, y no hay modo alguno de discernir con un mínimo de objetividad qué es bello en el arte y qué no lo es. Incluso hablar de este modo resulta ya obsoleto, pues la noción misma de belleza está tan desacreditada como la clásica idea de cultura.

El especialista ve y va lejos en su dominio particular, pero no sabe lo que ocurre a sus costados y no se distrae en averiguar los estropicios que podría causar con sus logros en otros ámbitos de la existencia, ajenos al suyo. Ese ser unidimensional puede ser, a la vez, un gran especialista y un inculto porque sus conocimientos, en vez de conectarlo con los demás, lo aíslan en una especialidad que es apenas una diminuta celda del vasto dominio del saber. La especialización, que existió desde los albores de la civilización, fue aumentando con el avance de los conocimientos, y lo que mantenía la comunicación social, esos denominadores comunes que son los pegamentos de la urdimbre social, eran las élites, las minorías cultas, que además de tender puentes e intercambios entre las diferentes provincias del saber —las ciencias, las letras, las artes y las técnicas— ejercían una influencia, religiosa o laica, pero siempre cargada de contenido moral, de modo que aquel progreso intelectual y artístico no se apartara demasiado de una cierta finalidad humana, es decir que, a la vez que garantizara mejores oportunidades y condiciones materiales de vida, significara un enriquecimiento moral para la sociedad, con la disminución de la violencia, de la injusticia, la explotación, el hambre, la enfermedad y la ignorancia.

En sus Notas para la definición de la cultura, T. S. Eliot sostuvo que no debe identificarse a ésta con el conocimiento —parecía estar hablando para nuestra época más que para la suya, pues entonces el problema no tenía la gravedad que ahora— porque la cultura antecede y sostiene al
conocimiento, lo orienta y le imprime una funcionalidad precisa, algo así como un designio moral. Como creyente, Eliot encontraba en los valores de la religión cristiana aquel asidero del saber y la conducta humana que llamaba la cultura. Pero no creo que la fe religiosa sea el único sustento posible para que el conocimiento no se vuelva errático y autodestructivo como el que multiplica los polvorines atómicos o contamina de venenos el aire, el suelo y las aguas que nos permiten vivir. Una moral y una filosofía laicas cumplieron, desde los siglos XVIII y XIX, esta función para un amplio sector del mundo occidental. Aunque es cierto que, para un número tanto o más grande de los seres humanos, la trascendencia es una necesidad o urgencia vital de la que no puede desprenderse sin caer en la anomia o la desesperación.

Jerarquías en el amplio espectro de los saberes que forman el conocimiento, una moral todo lo comprensiva que requiere la libertad y que permita expresarse a la gran diversidad de lo humano pero firme en su rechazo de todo lo que envilece y degrada la noción básica de humanidad y amenaza la supervivencia de la especie, una élite conformada no por la razón de nacimiento ni el poder económico o político sino por el esfuerzo, el talento y la obra realizada y con autoridad moral para establecer, de manera flexible y renovable, un orden de prelación e importancia de los valores tanto en el espacio propio de las artes como en las ciencias y técnicas: eso fue la cultura en las circunstancias y sociedades más ilustradas que ha conocido la historia y lo que debería volver a ser si no queremos progresar sin rumbo, a ciegas, como autómatas, hacia nuestra propia desintegración. Sólo de este modo la vida iría siendo cada día más vivible para el mayor número en pos del siempre inalcanzable anhelo de un mundo feliz.

OpoQQ Sería equivocado atribuir en este proceso funciones idénticas a las ciencias y a las letras y a las artes. Precisamente el haber olvidado distinguirlas ha contribuido a la confusión que prevalece en nuestro tiempo en el campo de la cultura. Las ciencias progresan, como las técnicas, aniquilando lo viejo, anticuado y obsoleto, para ellas el pasado es un cementerio, un mundo de cosas muertas y superadas por los nuevos descubrimientos e invenciones. Las letras y las artes se renuevan pero no progresan, ellas no aniquilan su pasado, construyen sobre él, se
alimentan de él y a la vez lo alimentan, de modo que a pesar de ser tan distintos y distantes, un Velázquez está tan vivo como Picasso y Cervantes sigue siendo tan actual como Borges o Faulkner. 

Las ideas de especialización y progreso, inseparables de la ciencia, son írritas a las letras y a las artes, lo que no quiere decir, desde luego, que la literatura, la pintura y la música no cambien y evolucionen. Pero no se puede decir de ellas, como de la química y la alquimia, que aquélla abole a ésta y la supera. La obra literaria y artística que alcanza cierto grado de excelencia no muere con el paso del tiempo: sigue viviendo y enriqueciendo a las nuevas generaciones y evolucionando con éstas. Por eso, las letras y las artes constituyeron hasta ahora el denominador común de la cultura, el espacio en el que era posible la comunicación entre seres humanos pese a la diferencia de lenguas, tradiciones, creencias y épocas, pues quienes hoy se emocionan con Shakespeare, se ríen con Molière y se deslumbran con Rembrandt y Mozart dialogan con quienes en el pasado los leyeron, oyeron y admiraron.

Ese espacio común, que nunca se especializó, que ha estado siempre al alcance de todos, ha experimentado períodos de extrema complejidad, abstracción y hermetismo, lo que constreñía la comprensión de ciertas obras a una élite. Pero esas obras experimentales o de vanguardia, si de veras expresaban zonas inéditas de la realidad humana y creaban formas de belleza perdurable, terminaban siempre por educar a sus lectores, espectadores y oyentes integrándose de este modo al patrimonio común.

La cultura puede y debe ser, también, experimento, desde luego, a condición de que las nuevas técnicas y formas que introduzca la obra amplíen el horizonte de la experiencia de la vida, revelando sus secretos más ocultos, o exponiéndonos a valores estéticos inéditos que revolucionan nuestra sensibilidad y nos dan una visión más sutil y novedosa de ese abismo sin fondo que es la condición humana.

La cultura puede ser experimento y reflexión, pensamiento y sueño, pasión y poesía y una revisión crítica constante y profunda de todas las certidumbres, convicciones, teorías y creencias. Pero ella no puede apartarse de la vida real, de la vida verdadera, de la vida vivida, que no es nunca la de los lugares comunes, la del artificio, el sofisma y el juego, sin riesgo de desintegrarse. Puedo parecer pesimista, pero mi impresión es que, con una irresponsabilidad tan grande como nuestra irreprimible vocación por el juego y la diversión, hemos hecho de la cultura uno de esos vistosos pero frágiles castillos construidos sobre la arena que se deshacen al primer golpe de viento.

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Crítica a Mario Vargas Llosa

y a su libro La Cultura del Espectáculo. 

Por Krisangel23 editor de este blog de divulgación científica, escepticismo y racionalismo etc. 

Hace tiempo miré la entrevista de arriba de Oppenheimer a Mario Vargas Llosa y por cierto me gusto mucho, ya que expresa su absoluta preocupación de como las masas de casi todos los países del mundo moderno del presente siglo XXI y que de hecho culpa a las naciones “civilizadas” o a las potencias mundiales  de lo que vendría siendo una perdida en la calidad de la cultura ahora un hazme reír, un absurdo, un mero entretenimiento burdo, sin clase, sin creatividad, sin elegancia, sin misterio por medio de los diversos medios de comunicación como lo son la Tv, radio, y sobre todo el Internet los culpa en definitiva del fomento del alejamiento de lo que en verdad importa según  sus palabras de la realidad del mundo.

Todo son pantomimas, chismes, vulgaridades, banalidad en extremo, capitalismo y mercadotecnia extrema que ha deshumanizado a la humanidad para vivir en el mundo de las apariencias de lo “cool” de las “tendencias” y la “moda” si hay una frase para identificar bien a Mario Vargas Llosa es esta.- Un Ateo Conservador.

el-vaticano Así es Mario Vargas Llosa se reconoce como no creyente, defiende la separación entre iglesia estado, a escrito artículos sobre la importancia de defender el laicismo. sin embargo al leer su libro La Cultura del Espectáculo deja ver muy claramente para nosotros los conocedores de estos temas como el expresa varios pensamientos que sinceramente harán que sobre todo los católicos brinquen de alegría y aplaudan a Vargas Llosa y al buscar en páginas de creyentes no tarde en dar con una en donde lo añaden casi como a uno de sus ídolos actuales, en este capítulo que añadí para mostrar un poco el contenido del libro no se mira, pero en otros este Premio Nobel defiende con garras y dientes la importancia de la iglesia católica en su legado al arte, la música, la pintura, la arquitectura en si a la cultura de alta calidad, cosa que en mi opinión no le pongo objeción a Vargas Llosa de hecho por mi parte ya he comentado en alguna ocasión de que incluso la biblia tiene un legado histórico, esperen no por que yo considere su contenido como una verdad histórica, sino por que dicho libro sagrado para los creyentes en definitiva a impactado en los sucesos históricos de muchas naciones, aún así muchos de ellos sean negativos desde el punto de vista racional y humanista secular. 

Aclaro que no todo es miel sobre hojuelas lo que este Premio Noble dice sobre la iglesia católica también le dedica algunas críticas sobre todo por los escándalos de pederastia llevados a cabo por los deseos pedofilos por los cuales muchos sacerdotes han llegado a romper el celibato de la peor forma, en ironía de querer a la vez dirigir la moral de todos, sean o no católicos.  En el libro se critica y rechaza al arte posmodernista, a los fanátismos religiosos pero sin embargo defiende la espiritualidad de una forma muy clara e incluso llega a decir que la moralidad de la religión es necesaria para el mundo cosa con lo cual por supuesto yo no voy en acuerdo con el.

También crítica como ustedes lo pudieron leer a la comunidad científica pues no dudó en decir y señalar que en primer lugar o los primeros culpables de la degradación de la verdadera cultura que parece en ocasiones  que solo se refiere a la europea y de las antiguas culturas helénicas, hasta donde he leído nunca habla de la verdadera cultura de Perú, son las ciencias las que se encargan del estudio de la especie humana la antropología sobre todo por ser la que tiene el principal báculo del designio sobre lo que somos y no somos en relación a conceptos naturalistas, biológicos y evolucionistas.

hitchdawk Las cuales iniciaron según el que la cultura dejara de ser solo el privilegio de las élites de la aristocracia y de los que poseen el buen gusto todo por hacerla o convertirla en holística, lo cual nos trata de convencer que tal suceso a causado más daño que beneficio.

Los sociólogos tampoco se quedan atrás en sus reproches por la decadencia del homo sapiens, tanto a laicos, creyentes y a no creyentes responsabiliza, en su libro menciona al famoso científico evolucionista y ateo militante Richard Dawkins así también al fallecido periodista y ateo militante Christopher Hitchens diciendo que a pesar de sus esfuerzos siente que la irracionalidad o creencia en Dios aún no es eclipsada, nos culpa a todos aunque por diferentes aspectos de la degradación de la cultura, ni siquiera el mundo de los deportes se salvó,  pues el deporte ya no es un arte noble y virtuoso como en la antigua Grecia sino que ahora y sobre todo el fútbol se han convertido en casi un estorbo para la humanidad algo que más que ayude a fomentar la unión amistosa entre naciones  o incluso entre ciudadanos de un mismo pueblo tiende solo incrementa por lo general la lealtad a la determinada manada a la que se pertenece.

37885_1158290213663_2394387_n La sexualidad humana una de las cosas más importantes para Vargas Llosa también se a degradado según sus palabras, puedo decir sin temor a equivocarme de que el es liberal  en este aspecto pero no libertino ya que por ejemplo Vargas Llosa defiende el derecho que tienen los homosexuales o miembros de la comunidad LGBT a casarse de manera civil y tener todos los mismos derechos legales ya que vivimos en países laicos donde la leyes no deben de imponer moralidades religiosas a las naciones, sin embargo es el erotismo, la sensualidad, el romance, la pasión con clase y elegancia manifestada en pinturas clásicas del cuerpo desnudo lo que el admira y no a la vil y sucia pornografía o al menos a la de mala calidad supongo que se refiere a como vulgarmente se dice al que consiste al solo mete y saca. De hecho hay una conferencia sobre el tema de la sexualidad por su parte el cual podría servir para otro artículo en este blog 🙂

Ahora expondré en que cosas en definitiva no estoy en acuerdo con Vargas Llosa, el claramente hace de la ciencia un producto secundario en su papel como cultura, tanto así que no duda en clasificar a los científicos como solo especialistas, negandoles el privilegio de la élite del circulo sagrado del grupo de los cultos.  Por cosas como estas es que el libro es muy polémico ya que desde hace años muchos en la comunidad científica al haber sido históricamente solo grupos reducidos de sabios e innovadores aún más pequeños que los “expertos” en las artes de las letras, la pintura, la música, la escultura, la danza y muchas han sido vistos por grandes periodos históricos como un grupo de fenómenos o intelectuales arrogantes que por lo general no solían interesarse por los gustos y supersticiones de las masas de los pueblos o al menos no en su mismo nivel de absurdez.

TeleskopGalileoGalilei Vargas Llosa en el área de la ciencia siento decir que tiene una típica y mala compresión sobre lo que es esta digo típica por que no es la primera vez que miro afirmaciones que tratan de despreciar la ciencia haciendo referencia precisamente a su carácter progresista dejo claro y refuto de una buena vez y para siempre eso de que los conocimientos nuevos refutan a los viejos es simplemente falso, es una generalización desbordada una mala comprensión de la ciencia que por lo general es usada por los creacionistas para decir que los científicos del futuro negaran la evolución Darwineana así como los actuales rechazan que la Tierra sea plana como antes se creía.  En primer lugar ninguna comunidad científica aprobó alguna vez que la tierra fuera plana, recordemos que la primer comunidad científica del mundo fue y sigue siendo por que aún existe The Royal Society.  Galileo y muchos otros científicos cuyos aportes antiguos por más antiguos que sean, siguen siendo pilares y las bases solidas de la ciencia actual la revolución copernicana no deja de ser una revolución a pesar de lo muchísimo que la especie humana a avanzado en su comprensión del Cosmos

11014966_825780950839827_7806592902091086294_n En definitiva pienso que la visión de Vargas Llosa es muy romántica o idealista concuerdo en que existe el buen y mal gusto hasta cierto punto, pero si soy sincero con mi lado más frió y científico tengo que decir que la cultura es subjetiva y no objetiva ahora pondré en evidencia aunque ya muchos lo saben, algo sobre Mario Vargas Llosa lo cual ha generado mucho enojo contra su persona y es el hecho de que para el la tauromaquia es cultura y supongo que de la mejor clase y  de buen gusto ya que se expresa de las corridas de toros casi como si de un poema declamado a los cuatro vientos se tratara a la vez que por obvias razones más de una persona y de hecho muchas han puesto la cara de WTF o de cómo puede ser posible que defienda tal tradición o festividad arcaicas ante los ojos y críticas de la mayoría de los racionalistas, para mantenerla como un legado que debe de permanecer en la civilización actual en pleno siglo XXI ?, Sinceramente este es el talón de alquiles de Mario Vargas Llosa tanto así que hace que su libro sea algo irónico pues desdeña no pocas veces contra ciertos actos culturales menos sanguinarios, primitivos y violentos solo por que a su criterio no son de la alta clase, ni de las élites, trata desesperadamente  salvar la “verdadera cultura” con esta mala referencia de aspecto cultural cada vez más desafiada y no solo por los veganos y animalistas sino también  la opinión publica en general.

                                             La Corrida de Toros por Mario Vargas Llosa. 

                                             

1) Pintura al oleo del estilo clásico si es cultura –  Graffitis no es cultura. 

2) Tauromaquia si es cultura – Fútbol ya no es cultura. 

3) Música de opera si es cultura – El punk y géneros similares no es cultura. 

4) Erotismo incluido el homosexual si es cultura – La pornografía no es cultura. 

5) Los artistas de clase, pintores, músicos, escultores son cultura

Los científicos son solo una especialidad. 

Espero que entiendan por que el libro me parece muy divertido desde el punto de vista escéptico. Aunque comprendo y lo digo seriamente en cuanto a lo que siente y dice Vargas Llosa respecto a lo que pasa en la actualidad.

Pero mi veredicto es que todos somos  incluidos el, yo y hasta de lo que los creyentes llaman Dios, victimas del poder de:

La Civilización del Espectáculo. 

En tiempos modernos tenemos la pornografía virtual pero no somos más pervertidos que en siglos anteriores el poder de la lujuria, el sexo, las fantasías más secretas y prohibidas han estado desde que el humano es humano, pues los griegos a los que tanto idolatra así como muchas otras culturas antiguas no dudaban en dejarse llevar por todas las pasiones y desenfrenos que se puedan llegar a imaginar.

No por nada a pesar de mucha filosofía, arte y ciencia eso no nos hace menos animales con Darwin podemos comprender por que el acto sexual de los humanos es están bochornosamente similar al de los perros y al de todas las demás criaturas despreciadas para entrar al paraíso o al reino del quien representa según la iglesia católica a la máxima élite.

Dios y sus ángeles.    

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Nota: Casi lo olvidaba, no solo se escribe su nombre a secas, ya que en 2011 el Rey Juan Carlos I de España le dio el titulo de:

Ilustrísimo Señor Marques Mario Vargas LLosa.

Sospecho que eso puede explicar un poco su apasionada defensa de la cultura CORRECTA 🙂

Nota 2: El color rojo lo usamos para señalar en lo que por nuestra parte no se esta en acuerdo, y el azul para destacar textos. 

Referencias. 

1) ‘El deterioro de la cultura amenaza los avances de la civilización’.- http://www.eltiempo.com/archivo/documento/CMS-12552944

2) La civilización del espectáculo (Spanish Edition) .- http://www.amazon.com/civilizaci%C3%B3n-del-espect%C3%A1culo-Spanish-Edition/dp/6071117666/ref=cm_cr_pr_product_top?ie=UTF8

3) VARGAS LLOSA VALORA LA RELIGIÓN Y CRITICA EL ESPECTÁCULO ( Esta es una página católica ).- http://blog.transfiguracion.org/vargas-llosa-valora-la-religion-y-critica-el-espectaculo/ 

4) La civilización del espectáculo. Mario Vargas Llosa en el periódico el país habla sobre su próximo libro.- http://elpais.com/diario/2011/01/22/babelia/1295658733_850215.html